Las verdaderas víctimas del coronavirus no tienen voz. Ni voto

Las verdaderas víctimas del coronavirus no tienen voz. Ni voto. Muchas de ellas no saben, no entienden bien, o nada, lo que está ocurriendo. La mayoría han pasado un aislamiento incomprensible en el que han dejado de golpe de ver a sus familiares… en el caso de que antes les visitaran.

Desgraciadamente, esta pandemia se ha llevado por delante a cientos de miles de personas en todo el mundo. No me atrevo a poner una cifra por si acaso lees esto dentro de unos días, o de unos años. Pero muchos de esos seres humanos son considerados de forma distinta al resto. Sus derechos son de puertas para fuera, solamente. Han vivido la dictadura del miedo por el coronavirus de una forma cruda y más virulenta que el resto, encerrados en unas habitaciones en las que se han consumido sin el consuelo de la gente que los quiere, que los quería. Aislados por si acaso. Y el «por si acaso» se ha convertido, para muchos, en su propia tumba.

Si has llegado hasta aquí, supongo es porque estás pensando en alguno de tus seres queridos que, probablemente, se encuentre en una residencia de mayores o de personas con discapacidad. Pues sí, me refiero a ellos.

Sin desmerecer el trabajo que puedan intentar hacer los profesionales, admirable en tantos casos, jugándose la vida cada día que salen a trabajar para cuidar a nuestros familiares, lo cierto es que el coronavirus les ha superado en lo que es el cuidado de nuestros mayores. No por ellos precisamente, porque han renunciado a mucho y lo han dado todo, sino por la propia gestión de los centros con la llegada del Covid-19. Era muy difícil estar preparado. Y seguramente se tendrá que repensar cuando pase todo esto. Sí, hasta ahora nadie había valorado lo que se hace en las residencias. Tanto trabajadores como residentes son más importantes de lo que la sociedad occidental consideraba.

Pero veamos que ha pasado estos meses. Porque nadie está preparado para una pandemia. Pero imagina si estás al ciudado de los más débiles de la sociedad. Imagina si la residencia es, además, privada… O pública. Solo que en las primeras no tenemos ningún dato concreto de lo que pasa… a no ser que entre la UME… ¿Llegaremos a saber lo que realmente ha pasado con nuestros mayores, durante estos días, de puertas adentro? Creo que muchos ancianos, los que hayan sobrevivido, no querrán volver hablar de esto. Pero estoy convencida de que los auxiliares, enfermeras y médicos de tantas residencias querrán poder olvidar lo que han vivido y volver a una normalidad que será distinta ya.

Desgraciadamente, las familias tenemos muy poco que hacer por ellos porque los gritos por saber de nuestros mayores se diluyen entre la amalgama de informaciones y números, de llamadas en las que «la ley de protección de datos nos impide dar información…», nos dicen. Así ha sido especialmente durante el primer mes de confinamiento.

No. Las familias no sabemos realmente cómo están nuestros mayores. Solo podemos fiarnos de la palabra de alguien… y, con suerte, de la palabra quebrada de estos reclusos si es que nos oyen, nos ven o nos entienden. La información es parca, superficial en muchos casos. Van deprisa siempre. Es casi una acto de fe en la otra persona.

Tanto en residencias y en hospitales, eso sí, hay personas empáticas que han hecho grandes gestos para que nuestros seres queridos pudieran tener algún contacto. Videollamadas, conseguir un teléfono para hablar con familiares, notas de ánimo, palabras de consuelo… La gratitud hacia estas personas es infinita. El problema es que hay casos en los que es tan difícil…

La realidad es que el viejito de turno no tiene mi voz ni voto en esta crisis. Sólo puede o bien gritar para que le libren de su aislamiento… o resignarse y meterse en su mundo para no sufrir. Dejar de comer. Dejar de pensar en que sus familiares les han abandonado a su suerte. Dejar de llorar. Hasta dejar de respirar. Todo ello en el más estremecedor de los silencios sociales y mediáticos. 

Eso, en las residencias.

Siguiente paso: el hospital

Pero ahora imagina el panorama de un anciano con problemas de movilidad, con los sentidos coartados por los años, sin la posibilidad de saber -ni de entender, en muchísimas ocasiones- cómo está su salud ni su ánimo. Lo llevan al hospital. Sigue aislado «por su propia seguridad», dicen. Tenga o no tenga coronavirus.

Y como se supone que son personas «independientes», porque en sus informes médicos ni siquiera aparece su grado de dependencia o su situación psicológica, resulta que les siguen aislando sin que ellos entiendan por qué sus seres queridos no aparecen por allí. Desubicados.

Si cierro los ojos solo pienso en mi abuela. Está sola en el hospital. No sabe si su familia quiere verla. Nos han dicho que no quiso hacer una videoconferencia el otro día. Normal: ni ve, ni oye. Pero eso no lo sabían.

En el otro lado están las familias, también carentes de derechos, sin posibilidad de cuidar -como se haría, y se vería lógico, con un niño- a sus mayores. Muchas veces, en sus últimos momentos de existencia. Nos estamos encontrando con muchos casos en los que las familias ni siquiera saben de qué han muerto sus mayores. Solo hay que constatar el número de casos de fallecimientos «por posible coronavirus» o «por otra causa».

Y entre medias, el personal sanitario. Muchos de ellos agotados y tristes, viendo cómo se les escapan las vidas entre los dedos sin poder hacer nada. Cumpliendo órdenes también bajo esa «dictadura del miedo» de la que hablaba antes y que el coronavirus nos ha impuesto.

Yo solo puedo hablar de lo que pasa aquí, en mi país. Aquí se ha eliminado el vínculo familiar para convertirlo en digital, controlado y manipulado, y todo por el «bien social». Un bien social por el que nos han aislado desvirtuando la esencia misma del ser humano, del «ser social por naturaleza», que decía Aristóteles. Los adultos sanos, e incluso los niños, lo pueden soportar por un determinado periodo de tiempo, todo sea por superar este trance. Ya veremos la factura que vamos a pagar por los efectos secundarios de esta pandemia, tanto físicos como psicológicos. Pero muchos de nuestros mayores morirán sin poder haber dicho qué les duele; sin saber qué les pasa. Con la tristeza profunda de quien desconoce el cariño de los suyos.

Alzar la voz por los que no la tienen

Los niños ya pueden salir a la calle desde el 26 de abril. Los mayores, no. Parece ser que no podrán hasta después de la desescalada por ser los más vulnerables. Lo que no sabemos es si sobrevivirán al encierro. Eso sí: tanto unos como otros necesitan que alguien alce la voz para defenderlos. Alguien que dé la cara por ellos.

Si cierro los ojos solo pienso en mi abuela. Está sola en el hospital. No sabe si su familia quiere verla. De hecho, pensamos que cree que la hemos abandonado a su suerte. Nos han dicho que no quiso hacer una videoconferencia el otro día. Normal: ni ve, ni oye. Pero en el hospital ni siquiera lo sabían. Eso sí, pensaban que «no tenía ganas de vivir». Ella es la mujer más luchadora que conozco, y, además, a sus 96 años, ha sido capaz de superar hasta el coronavirus. Tiene la edad que tiene. Sin embargo, lo que la mata es la falta de contacto con nosotros, y eso no se lo permiten.

Tras poder hablar de forma más tranquila con el personal, unos días después de su ingreso y con una gran desesperación por no saber de ella más que lo básico, están entendiendo mejor a la abuela. Gracias. Al menos sabemos de ella cada día, pero sin poder siquiera visitarla por los protocolos de seguridad, sobre todo por proteger a los enfermos de que si los visitamos podamos contagiarlos. Esto habría que resolverlo de alguna manera.

No sabemos si superará el estar tan lejos a los suyos. Es tan frustrante para todos… Y es un ejemplo de muchos. Demasiados. Muchos a los que, ni siquiera en su indefensión, se les permite ser arropados, ni despedidos, por sus hijos y nietos. Puede que el coronavirus nos haya desprovisto de todo resquicio de humanidad.

Los mayores se han quedado aislados, inmóviles, sin poderse defender. Están desapareciendo de forma callada y atroz. ¿Lo vamos a seguir consintiendo?

BASTA YA.

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