La radio y sus historias

Mi primer recuerdo de la radio es remoto. Visualizo la cocina, con azulejos blancos con pequeñas flores azules, a mi madre en bata, por la mañana, tomándose un café mientras nosotros, los peques, buscábamos nuestro colacao de desayuno. Recuerdo la botella de Calcio 20 en la nevera; en lo alto de la misma, un pequeño transistor y la voz de Luis del Olmo resonando en las ondas. No tendría más de siete u ocho años. Me maravillaba que mi madre, sistemáticamente, mantuviera esa costumbre cuando apenas parecía escucharla. Pero, sí, sí lo hacía.

Historias de la radio

Mi segundo recuerdo tiene una sintonía, como las buenas, de ésas que no se olvidan. De las tardes en que visitaba a mi abuela Vicenta -que vivía en el piso de abajo-, viene a mi mente esa musiquilla seguida de consejos de todo tipo, en aquel consultorio de Elena Francis y que delata mi edad. Recuerdo una voz suave y melosa respondiendo cuestiones que ni yo comprendía. Y, después de un rato, subir a mi casa tarareando la sintonía de aquel programa hipnótico.

Mi tercer recuerdo tiene que ver con mi otra abuela. Esos fines de semana, también por la mañana, escuchando al padre Mundina dando consejos sobre plantas. Pensaba que era un poco raro oír a un cura hablando sobre estos temas, pero me sorprendía la fidelidad con que Angelines, tan aficionada como era a cultivar bellas flores, esperaba a escuchar la pegadiza sintonía del programa. Me imaginaba a aquel sacerdote rodeado de todo tipo de especies herbóreas, en un vivero lleno de color.

La familia que escucha la radio unida, permanece unida. Así era mucho antes de todo lo que os cuento. Me decía mi abuela que, de joven, cosían a la vera de la radio, cuando la televisión no era cosa común y las tertulias se hacían alrededor de la lumbre; los que sabían leer, leían. Pero también, otros muchos, encendían el transistor y comentaban las píldoras informativas.

Con toda esta tradición, lo raro es que no hubiera terminado siendo periodista. Tenía quince años cuando mis abuelos se fueron, por primera vez, de viaje a Canarias. Les pedí que me trajeran una grabadora, por favor, que la quería con todas mis fuerzas, y que como allí, en las islas, se suponía que esas cosas eran más baratas, que me la compraran. Y lo hicieron. Esas mismas navidades puse la grabadora en el medio de la mesa, tras una de las comidas familiares, justo en casa de mis abuelos. La dejé grabando durante una buena parte de la tertulia y, cuando se callaron un ratito, la encendí para que escucharan su propia charleta. Se enfadaron un poco. Después, se rieron a carcajadas.

Solía grabar mis vacaciones, a modo de retransmisión entre amigas. Solía grabar música, la que más me gustaba. Y cuando me fui a la Universidad a estudiar Periodismo, seguí escuchando la radio, a unos y a otros, a escribir mis propias reseñas políticas, también culturales y artísticas. Carlos Herrera, Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo, José María García… Antonio Herrero, Xavier Sardá (y el señor Casamajor) , Ernesto Sáenz de Buruaga… Y después más y más genios de la radio. Esos genios que simplemente hacen suyo el Genio de la radio. Julia Otero, Andrés Aberasturi, Pepa Bueno, Juan Pablo Colmenarejo, Isabel Gemio, Ana García Lozano, Concha García Campoy, Federico Jiménez Losantos, Javier Capitán, Angels Barceló… Me dejo muchos. Unos gustan más y otros menos. Pero son voces que marcan la cronología de nuestras vidas.

El secreto de todo aquel que está envenenado de la radio es que todos y cada uno de los días de su vida son el Día Mundial de la Radio. Irrefutablemente cierto y sin remedio posible.

Más tarde, tuve la suerte de trabajar en la radio. Durante cuatro años, todos los fines de semana dirigía un magacín y los informativos locales en la ciudad de Ávila. Y os voy a contar un secreto a voces: la radio tiene un veneno, pero de los buenos, que se mezcla con tu sangre y se hace fuerte. No hay antídoto. Produce una gran dependencia y se agudiza si antes de probarla, desde la pecera o desde el control de sonido, estabas acostumbrada a escucharla de forma ávida.

El secreto de todo aquel que está envenenado de la radio es que todos y cada uno de los días de su vida son el Día Mundial de la Radio. Irrefutablemente cierto y sin remedio posible.

 

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