Un árbol bajo el que cobijarse

Puesta de sol en Riatas, Ávila

Puesta de sol en Riatas, Valle Amblés, Ávila.

Esta es la historia de un árbol, uno de tantos que habitaban en aquella ribera del río, y que estaba desnudo de hojas en aquel gélido invierno.

Dudaba de todo. Pensaba que a él, tan feo y desgarbado, no le iban a querer ni las hormigas del campo. A veces se preguntaba qué hacía allí y cuál era su papel. Sin embargo, se mantenía firme en aquel bosquecillo, junto al pequeño y destartalado puente y le servía de ayuda al muchos transeúntes que por allá cruzaban.

Un buen día cayó una tremenda nevada. Mariano, el pastor, no tuvo tiempo de llegar al pueblo por la poca visibilidad de la noche. El río corría con fuerza heladora y el puente había desaparecido con la rabia de la corriente.

El pastor miró, asustado, a su alrededor y encontró un pequeño refugio entre dos piedras y un robusto árbol que tenía dentro uno de esos recovecos que forman los ejemplares antiguos. Sacó su mechero y prendió unas ramas rotas haciendo una hoguera entre unas piedras pequeñas (para no quemar el árbol). Al iluminarse el hueco, su refugio, descubrió unas iniciales grabadas: M y L. Se acordó de que hacía mucho que él mismo utilizó ese mismo refugio y que escribió su inicial y la de su amada, Lucía.

Mariano se emocionó. Dio las gracias al árbol por su fortaleza y le felicitó por su elegancia y su gran memoria. Porque el pastor se dio cuenta de que siempre había estado ahí, siempre para todos, recordando, cuidando, soportando y refugiando a las gentes del lugar.

A la mañana siguiente, Mariano regresó a su casa sano y salvo y el árbol quedó allí, lleno de una bonita capa de nieve. Al quedarse solo reflexionó. “Cuántas veces intentamos ayudar, estar ahí, portarnos bien con los demás. . . Y después somos los primeros en echarnos tierra y lodo y lamentar que no servimos para nada. . . A partir de ahora me esmeraré en sonreír, pero también en valorarme a mí mismo”.

Puente sobre el Alberche

El puente sobre el río Alberche. Ávila.

Desde aquel día, los paisanos del lugar disfrutaron mucho más de los paseos por la orilla del río: en verano, con sus sombras y su fresca brisa; en otoño, con sus colores especiales; en invierno con su capa de nieve hermosa, y en primavera, con la luz de sus atardeceres. Sentían, al cruzar el pequeño bosque, un halo de protección y un susurro que decía: “Yo os protejo, soy fuerte, y mi sitio está aquí”.

El árbol comenzó, entonces, a saber quién era.

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