Flores blancas, blanca primavera

Un estornudo es prueba inequívoca de que llega la primavera. Suele aparecer despistada, entre vientos, nubes y abejas, y poco a poco se va asentando en nuestras vidas. El campo revive sus colores verdes, seña de que alguien siembra sus cereales de forma invisible y dura. Los árboles se llenan de hojas de un esmeralda intenso y los frutales, en particular, se tiñen el pelo dispuestos a polinizarse. 


En varios puntos de España, el paisaje se vuelve de color nieve, inmaculado e indescriptiblemente bello. Es lo que llamo ‘color blanco cerezo’, ya que son nubes de algodón lo que parecen, en el horizonte de algunos valles.
Uno de los más famosos es el Jerte, que celebró hace unas semanas su Fiesta de la Cereza, coincidiendo con el puente del día del Padre. Miles de personas inundaron el campo blanco desvirtuando, en cierta forma, la tranquilidad del campo, del pueblo, del aire puro. Aun así fue un verdadero placer para los sentidos. Y es que un mar de cerezos arranca miles de sonrisas, de forma que la sensación de bienestar se multiplica por x.
Todos los años “bajo” al Valle del Jerte por el Puerto de Tornavacas, divisando las distintas estampas de otras tantas alturas. Mi preferida, además de la panorámica de lo alto del puerto, es el río a su paso por Cabezuela del Valle. También las gargantas que se cruzan a lo largo de la carretera (Soria-Plasencia). Te puedes quedar dormido en alguna de las piedras cercanas al agua, relajarte con su sonido cristalino y revivir un amor. ¡A pesar de estar rodeado de turistas!
Este año ha sido algo distinto. He descubierto la otra cara del valle: la Vera también cacereña. Primero, atravesando Candeleda (Ávila) y descubriendo los cerezos de El Raso -anejo candeledano-. Sin olvidar el triángulo de Los Galayos, donde encontramos, sobre todo, dos pueblos dedicados a este cultivo: El Hornillo y El Arenal. Aunque depende de la variedad del cerezo, casi siempre la floración es algo más tardía que en el Jerte (cuestión de días y, en este año, casi de horas). El tributo a la nieve de las cumbres de Gredos es fantástico en este pequeño rincón abulense.
Continuamos por la Vera dirección Plasencia. A partir de Cuacos de Yuste y hasta alejado Pasarón de la Vera, de nuevo un mar de frutales florecidos junto a la carretera. En un valle más angosto, donde se pierde la perspectiva del paisaje, la referencia se cubre con los árboles que se tocan casi desde el coche.
Sin olvidar el paso mágico desde la Vera al Jerte por el puerto del Piornal. Nubes de árboles, de cerezos, de regatos y cascadas, de gargantas, de cabras y de emoción.
Autoturismo, turismo de carretera: tenemos el paisaje de forma inmediata y genera una sensación de bienestar inmensa, pletórica.
Hay algo mucho mejor: la compañía.
Y bajarse del automóvil y recorrer los caminos; hablar con las gentes del lugar; conocer, de esta forma, las costumbres de un pueblo. Y es que ya lo decía Antonio Machado, que nada mentaba ni de carros, ni coches, ni trenes ni autobuses: se hace camino al andar.
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